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[José Lezama Lima]

 

Dador

 

Dador

    Aparecen tres mesas ocupadas por tres adolescentes con máscaras doradas. En la primera mesa, mitad morado y mitad amarillo muy apagados, cada una de las tres figuras están fuertemente adormecidas. A los pasos de danza, cada uno de los enmascarados sucesivamente baila alrededor de su mesa, y después, describiendo semicírculos y rápidas líneas, va desfilando por las otras dos mesas. Los de la segunda mesa pueden vestir un azul fosforescente con un rojo de fruta tropical roja. Los de la tercera mesa,
blanco y un color intermedio, verde de hoja lloviznada, tal vez. Detrás de las tres mesas, cuatro figuras mayores en armaduras. La primera figura, todas han de ser de hermosa estatura, como las mesas se presuponen ocupadas por gentilidad y adolescencia, muestra una armadura pesada y lentísima, comenzando a danzar entre las tres restantes figuras del segundo término. Los enmascarados que ocupaban las primeras mesas se han vuelto a adormecer. La otra figura de armadura, igualmente pesada y brusca, tiene sus hierros cubiertos de fragmentos vegeta ti vos. Agita sus ramajes y hojas, y baila describiendo también espirales y semicírculos, entre las tres restantes figuras de armadura. La otra armadura muestra una gran mancha, y se presupone que es la figura que va a morir, muévese con servicial geometría, sin acabar de terminar sus gestos y como con dolorosos y arrastrados movimientos. La cuarta figura de armadura es el grotesco, salta y desconcierta, y se mueve con indescriptibles, toscos y falsos gestos
airados. La armadura puede tener un brazo de cartón o un pie fuera de los hierros, buscando anclarse en gestos graves pero bufonescos. Cada uno de los enmascarados de las primeras mesas,y cada una de las figuras en armadura, van también danzando entre la animación del primer plano. El pleno se conseguirá con las figuras en armadura bailando entre sí y entre las mesas con los enmascarados en danza, causando una impresión mantenida de rejuego y algazara, pero sin perder el diseño de espirales y semicírculos. En el telón de fondo, dos cariátides. Una, de gran tamaño, alrededor de veinte veces el tamaño natural de un rostro. Otra, es como un rostro retorcido, como una máscara de antiguo combatiente japonés. La pequeña cariátide lanza con indetenible
reiteración la fija cantidad de luz que los danzantes necesitan. La de gran tamaño, en tiempo cíclico, dispara la nieve de luz, aumentando la visibilidad de las destrezas, arcos y movimientos de las figuras. Al aumentar tan poderosamente la cariátide rnayor la proyección de la luz, hará aparecer por momentos a los movimientos como spintrias y peces ciegos rapidísimos. 

El esturión con flaca tinta borrosa 
preparando los tapetes rajados de las consagraciones,
comienza a balbucir en el culto maternal de las aguas.
El sentarse, ya se interpone la mitad del otro cuerpo
sobre las dos manos cruzadas, desconocido intermediario
que trae el terror de la pintada tiara.
La hybris destila su hinchazón,
donde es imposible la incrustación del cordaje caricioso.
El rabo de un lejano animalejo,
el trabalenguas zampallo proclama y enamora en la zampoña,
aunque vuelva sobre su cuello con el disimulo de los cisne
no es el cordón umbilical que vuelve sobre la torre
de Damasco y que preludia las lisonjeras danaides en cuclillas.
¿Lo hibrido sigue el rastro del mijo o de la centifolia? 
¿Su costumbre, pero estacionado en propio aro,
requiere las dinastías dormidas o los desafíos
de las cenizas sobre la caparazón de la tortuga?

Raspar es el signo del pincho encandilado
y sus decisivas exigencias de bozal pedigüeño,
y de pronto la ceniza se hincha en la pechuga
gastada, y restriega el nacimiento de los párpados
de colores, y el misional, egipcio insecto.
La hilacha de la mujer persiste en la hidrópica ceniza,
y ahora la mujer reemplaza a la hinchazón de las patas
cruzadas del antílope con sucio lácteo matronal.
El cultivo del mijo y el cómputo por seis van entrando
en el nido de bambú que huye del río y las sumergidas
lunas reapareciendo en las escaleras de las chimeneas,
cuando el humillo de la ternera escribe en el semisueño
de los coperos dictando.
Los extensos lentiscos de la mano izquierda avizoran
el mijo que golpea en tamborcillos de seis timbres,
y las repeticiones de las seis voces rodeando el círculo
húmedo donde la vaca conversa con la espalda del obispo.
También romper la tierra tiene la escritura del sueño,
los acercamientos a las crecidas aclaradas por las rotaciones
del seis, y cuando la mano izquierda entresaca
del mijo las seis cápsulas del vino y del aceite,
se endurecen en el sortilegio del ojo salado del buey.
La anchurosa memoria alcanzadas por las tablas de la casa,
y las analogías del mijo culebreando la hililla de oro,
necesitan las espesuras memorialistas del seis,
las seis veces que la boquilla del timbre convoca
para saltar anudados en los animalejos sentados en la sangre.
La fidelidad del cultivo del mijo no impide el terror de las estaciones,
la rueda al multiplicarse se rompe en un punto encandilado,
lentamente se endurece como las piedras con las inscripciones
de los altos sombreros de prelados y de cautivos remadores.
Los sacerdotes inauguran sus metales como si las estaciones
siguieran la ley de su excepción y no sus murmuraciones sucesivas.
La mano derecha estruja la centifolia y fija el cómputo por cinco,
aquella mano repasa las flores del desierto regadas con arenas.
La caballería entrando en Damasco se deja penetrar por las mil hojas,
en ese gesto llegó el halcón y cayó el guante,
así se fueron endureciendo y comenzaron a martillarlos.
El cómputo por cinco amiga la distancia del jinete y la estrella fría,
siente la apagada distancia entre la testa y el brazo,
allí antes crecía el árbol de la conjugación del Eros,
el jinete pasaba por la sombra del árbol y se dividía;
del brazo a las caderas tenía la otra enigmática planicie,
pero allí vuelve la estrella fría de la distancia sin lenguaje,
y las caricias son de poro a poro, de poro a estrella, enloquecidas.

 


El frío tigre desliza en las esquinas de la pizarra
la oscura marcha hacia el arenoso río espesando,
o la reverencia de la hoguera transparentando los cuernos del antílope;
las tachuelas de diamante preguntando por el encerado,
errantes animalejos de artificio que respiran y separan.

El artificio natural se trueca en objeto y toca para despedirse,
gana allí el retroceso y gana también la presa.
Primero en el despertar marino del silogismo del cuerpo,
sus conclusiones se cierran con la médula arborescente,
y su nobleza se ofrece ante el fuego y su seco
o ante los torrenciales jugos ácueos que lo hinchan.
Pero ese ser que le acompaña ¿es su seco o su henchimiento?
Anota sus respuestas, no en la máscara, sino en el calendario del reverso,
y su sombra es la de la máscara, no el sueño en el cuerpo espesando.
Las decantaciones súbitas del cuerpo, las lentísimas
fugas del gozo ¿destilan el brazalete de serpientes?
Existir no es así una posesión sino algo que nos posee,
y mientras penetramos, es la invisible suspensión, nuestro ejercitado enemigo
nos penetra y nos mustia el anillo secularmente reclinado en el estanque.
Pues esa desventurada claridad reclama un existir que no sea penetrado
y así sentimos que sus podridas pestañas se astillen en reflejos venatorios.
Luego se comienza por el luego y la derivación, la criatura
se reconoce en la distancia cuando la distancia se nombra
en la suprema esencia y la suprema forma, pero a nosotros
sólo se nos hace visible la caída y la originalidad por la sombra y la caída.
Los ojos no reconociendo las jarras separadas por el sueño,
sino flotando en la médula del tiempo, izan
al cazador tronchado; luego acompañado de un indomeñable
fósil carbonario; y la derivación, eco de una preñez
del agua hinchada, o criatura, aceptando en su visible
el ocaso retornado, cortantes pájaros batiendo la distancia
de las jarras, cuerpo que en la derivación se entrega al baile.
Ser primero en el uno indual y luego reconociendo el cuerpo deslizado
que se detiene frente a él, desaparece.
Las numéricas claves del perfume logran su relieve
hacia la otra esencia sin deseos de su forma,
forma detenida, como el caballo en el último recodo, 
y hecha al Giorgione que detiene y ofrece su violín.
La esencia sustancial y la forma esencial abandonan 
la sorpresa de su escala y tocan la suspensión del contrapunto. 
En ese tejido el cuerpo es el volatinero de su esencia
y se adormece en cuchillas en el rajado tímpano, su piel.
La bendición del perfume consagra al poliedro en su bisagra,
y la visible absurdidad se remansa cuando los pasos penetran
por la piel y se hinchan en los arrogantes paseos playeros,
o se ríen de nuevo cuando suenan soplados por la puerta de algodón.
El germen desde la cresta del alba, entre las aturdidas
risitas del instante y la discutidora, escarchada francachela
del ancestro, comienza como los pájaros de largas patas,
semejantes al bambú que recibe los gritos de los flamencos
y crece monocorde peinado por la brisa de Deucalión.
En cuanto el germen se escurre lánguido hacia el ajeno protoplasma,
ya siente la presagiosa nube del tanatos vorazmente inalterable,
depositando sus huevos sin lograr taparlos con la arenilla
del reloj, pues ya el instante ha comenzado a ser hinchado
y visible y su concurrencia se percibe como en las crónicas.
En esa voracidad que toca al germen y lo anega, suspendiéndolo,
¿o acaso el germen es el éxtasis de la propia suspensión?
Se presupone una hidrópica, monstruosa prolongación
de una sustancia que reclama al extenderse la penetración,
como una hoja absorta para ser penetrada por los coloides de la brisa,
pues esa voracidad necesita de un ancestro que pregunta;
del existir en el anegado renuente, de un voraz ancestro
que está en su propio protoplasma y vuelve siempre adormecido
al protón y las siete ruedas somníferas.
La suspensión, la anudada línea de la segunda polongación, la oscura
penetración, la incestuosa voracidad, cierran el germen.
El verbo en el germen enarca la cara del viento,
aún no podemos aprisionar la sucesión de sus señas,
ni los signos del trenzado de los hilos del gusano azul.
Sólo la voracidad del germen se incluye en la identidad
de la sustancia y golpea los perros del trineo.
Pero el germen pulula, se recuesta como la madrépora
y se encadena en el centro a la contracción de su gota.
El germen recibe el lanzazo vertical del verbo,
pues el verbo había descendido sobre las emigraciones y sobre los palacios
sumergidos, revisando la cara de los nombres encontrados.
El germen espera su ruptura y no el hilado tegumento
sustantivo, el contrapunto de su espera recibe arañas
tras arañas y al fin el laberinto se adormece.
El germen tras la ruptura repele la sustancia,
que viene para definir la piel y su tenaz frente al vacío,
o la somnolienta esfera guardada por la misma cantidad de espuma.
El verbo sobre el germen se aclara en la sustancia,
que no sólo recobra la unidad del centro con la piel,
sino lo igual que vuelve a la humareda de los troncos navegando.
Después que el verbo y la sustancia traspasaron el germen,
el sentido se alzó a la estatua penetrando por la mirada,
y convocando a las irradiaciones saltantes de los sábados, 
y su donoso cerco de gatos oval ando la ventana lugarteniente, 
sutilmente derivada, criatura adormecida y empujada.
En aquella voracidad del germen hay la vuelta al ancestro,
como el ser se anega en el ser absoluto y la potencia
se destruye en el océano de ese absoluto domeñado, perro
que comenzó por rendirse en la fabricada oscuridad
y sus ladridos devorados por el humo placentario.
El germen metamorfoseado en el acto puede participar,
se libera de su hambre que lo rendía a la doctrina del padre.
Así el espíritu que no puede operar sobre el germen,
que vuelve siempre a la destruida niebla de su centro
y se decae en el espejo vuelto hacia la entraña aporética,
sino que al apoyarse en la fila de álamos y la envoltura
reconciliada del bosque, en el acto de penetrarlo por el sueño,
encuentra el acto de participar en la piscina.
El germen se consumía en la planicie del ser absoluto,
pero el acto necesita de esa cobardía que es también una medida de las criaturas,
y que reemplaza el océano infinitamente mordido
por la piscina, que tiene también su escandaloso reto,
permanece cerca de nosotros y nos sonríe como un pez,
y se burla en la grosera inutilidad de su cercanía.
El hilo dé Ariadna no destrenza el sentido,
sino la sobreabundancia lanzada a la otra orilla carnal.
El dado mientras gira cobra el círculo,
pero el bandazo es el que le saca la lengua en el espejo.
Sabemos el acrecentamiento de la estatua en la concavidad de la mano,
aclarada cuando muchas manos oyéndose,
la van reavivando al bailar en otra playa.
Abundar como dormir no chorrea el sentido del cuadrado,
pero sobreabundar es como cuando el durmiente,
descendiendo en grabado de ausente y extensión plomiza,
se encuentra que la luna ha llegado también al fondo del infierno.
El aliento traza el contorno de la llama,
si el ardor tropieza con el viento la caballera se desconoce
en su extensión sin jinetes; si la llama se va esponjando
por el árbol de la respiración, tropieza con los confines
del propio cuerpo y allí se seca en las arenas.
Las raicillas del helecho vuelven al padre, el centro contraído repite
las oscuras necedades del lago donde cayó;
las primeras potencias reproductoras del cobre
en los pasos limosos de las crecidas, las estaciones
entierran las carnosas lunas que vienen para densar
el arco, y el espejo va secando el germen
para el acto: el hombre escinde su cuerpo del insecto
parásito que vuelve para cegarlo, el antílope volador
(volatus discantus) empieza a recelar en el girovago plano cubista
de sus espaldas, en donde pace o enloquece, se desprende
como cometa que va formando sus aceitados anillos
por las piernas del cazador o del caricioso hombre pez.
El reseco tegumento, columnata piriforme o elefantina paradisi,
araña el cucurucho de nieve de la matriz en tubillos de cristal,
pero aún el otro insecto no ha penetrado la pajuza pelirroja
de los helechos, sus ojos poliédricos no han roto
el cucurucho medieval de las escarchas.
Entre el légamo inmemorial y el acto el hombre pez,
se lanza en la segunda muerte al remolino,
su cabellera ondula la escribanía de la vegetación popular,
voltea enloquecido en las mareas, desea morir.
La imagen puede alzarse contra las frondas
y contra la muerte, se reduce al soplo volador,
que después va saliendo por la corteza arbórea,
como un guerrero que golpea su propia armadura
y queda preso del ligamento de las dos vibraciones.
Una vibración se desconoce, y la otra...
La aprenhensión análoga es el único ojo de la imagen
y el acto sobre el azogado ombligo nos rinde el cuerpo irradiante.
El apresamiento del objeto envuelve su nevada cornamenta
en el otro brazo que golpea la loanza neptuaniana,
y lo que secuestra el objeto en la irisación de sus bromas destempladas,
es el cínife que rompió el memorial de la mirada en la boca de la jarra.
Los ondulantes ceremoniales del áspid trepando por el pecho del vaciado,
van desacordando hilacha por escama, gruñidos del barro
recogidos por la lanza en el turbante guneflexo de la remera aguadora.
La primera sustitución del escudo de Aquiles por la copa sin vino,
no obtuvo en su disfraz el objeto en su tegumento selenita,
las hilachas y los remolinos se adormecían al tropezar
lentamente con la corteza del adolescente dios arbóreo
y la semilla en la boca de los muertos enguirnaldó su estornudo.
El chocarrero choque de las nubes aventaría los recuerdos,
engrudo nemónico desaparecido al rastro del ratón
y recibido en la camerata de Nu el Canciller y sus doce durmientes,
cambiando la empuñadura de la serpiente por sus bisbiseos
en las salas hipóstilas donde los irisados simios descifradores
trepan la estalactita que comunica la bañera de la reina
con los disfraces manga valona en la sala de armas.
La librea repulgante de nuestros citaredos simios escanciadores,
sabe ya también que el doble ondula en el bigote
fosfórico del gato y que el miau trenza su cadeneta
en el cómo del aliento comunicado.
En la escritura de la aguada sobre la seda
desenrollada a lo largo del río con las hojas
estampadas por el gallo embadurnado,
el ideograma del bambú tiene la obligada compañía
del tigre, escarbador del espacio elástico,
y los emblemas emigrantes del pino
se ladean para perseguir los escasos trazos de la cigüeña japonesa.
Así la escritura borra el análogo que necesita la visión
y el puesto ahí fatalmente es el innumerable rechazador.
La fisura en la piedra, obturada por el espíritu de las lluvias
-dejada por el gajo de pino en su feudal imaginación
o por el arañazo del ligero recelo guarnecido-;
la mano inquiere el armonio de inapreciable pequeñez
y el vuelco de sus ojos y sanes,
cae como la cascada que el esturión desaloja
para enterrarse en el movimiento.
Las evaporaciones de la médula somnífera
le han revelado que un solo ideograma
significa pelambre, pellejo, piel, despejar y desollar,
que al lado de un bambú no se puede pintar una golondrina.
Pero ahora el trotón permanece cerca de la nocturna
sin que la tensura del cuero lo detenga,
la brevedad de su mano ha recorrido la extensa suntuosidad
de los correajes, con la sobresaltada decisión de un fragmentario
desfile para firmar en el concilio,
y penetra de nuevo en la casa del desierto,
tan injustificado como para Job la lluvia donde no hay poro vegetal.
Pero él sabe que tiene que llegar hasta allí y que el cenital
de la casa se alcanzará en su vaciedad
con lunas bajamar.
El primer desierto es el del rasguño en la piedra,
se toca así la primera risueña absurdidad.
Sabemos que seca la saliva con los cuatro imanes cardinales
y la serpiente sumergida,
la puerta soplada hacia afuera y la fulminante
crecida de los clavos por el paredón,
tienen el ceremonial de la capa que allí se cuelga
y el bulto traído por el viento que le presta sus piernas.
Está en la séptima luna de las mareas
y le penetran los ejércitos
y se deshace penetrándonos.
No le arredra acariciar la suntuosa pesadumbre
del primer signo del cadmeo,
que significa buey.
Ni los exquisitos movimientos egipcios del rostro del gato
en el mismo signo del reverso de la mano.
Se ha burlado majestuosamente de las varillas cayendo como granos de arroz
y del soplo de la puerta coronada, abierta hacia afuera,
soplada en lentísimos cuclillos,
pues la brevedad de su mano le basta para medir
incesantemente la distancia de la puerta hasta el símbolo.
El extender los brazos a manera de ese árbol,
o al saltar la mandrágora para embadurnarse
en el violado de la torrecilla de aquel fuego,
pero ahora estamos inclinados en la copista servidumbre
de las sombras regidas por el látigo de Proserpina.
El primer gemido en busca de la nocturna maternal,
la tiorba de la siria gemebunda nos separa de la noche,
colocada entre las desdeñosas espaldas del dios arbóreo
y la garduña centinela embadurnada.
Al dormirse la matria blandamente,
ya sin caparazón de cóncavo y rocío que rodee
a las grosellas y al vergonzante corporal danzando
entre las desatadas risas tropezonas;
no como aquel infame, sanguinario horóscopo de Viena,
monstruo boca formica, que lame y devora los ahogados
del pequeño mar, patas arriba bien peinado,
habla de rasurada pierna bailarina en el trompo androginal.
Como aquel que disfrazado de águila bisexual, donoso Júpiter de embozos,
robó de Ganimedes las fluctuantes iras,
y que ahora olvida la maternal cascada en la calleja
enterrada por el joveneto en las mortuorias copas.
Pero Júpiter, diestro natural, no mirón de los oficios,
lo veía en desenvuelto laberinto pisar el escorpión
de los horreosos mantos y las aisladas agudezas yertas
de entrelazado copetín.
Las excepcionales flautas apolíneas,
soplaban las bromas imantadas de Céfiro y Jacinto,
y el coralino tejo separa la borrachona luz, gustada
a sorbos apolíneos, y los cuantiosos paseos copetados,
reclamados por la bisexual reidora, reconocida por el ceño,
disfrazada de águila, guardián en Ganimedes de tropezados mantos
del himeneo en la playa del joven escita acariciando su corcel.
El desmadejado escita nutrido por la sombra del plátano mordido por la cigarra,
y no por los cítisos de la llanura donde el Sileno escudó
el rostro somnoliento pintado de mujer.
Entre el bambú confidente y la grulla suspendida
en el tercer círculo de la uña del escriba,
el instrumento desertor, el cuerpo abandonado por la materia,
sin su posible de potencia, en la arenisca donde lo homogéneo
se subdividió en la voz del desfiladero tocando a retirada.
El germen gime en las propias escalas de su tanatos y la piscina
donde el acto en sueña tornear el placer de las danzas apagadas,
para que el murmullo no pueda rendir las diferenciaciones corporales,
las momentáneas burlas a las máscaras del descenso plomado,
allí donde la sopa de plomo tapó el agujero del murmullo.
Pero a veces los danzados abrepuños de la rueca del carnero negro,
no persiguen la ceja transversal del balde con primigenia agua
lunar descendida a la tercia germinación, conjura del clásico idus.
Pero rehusar la semilla al húmedo de tierra cascada, cuando la ruptura
del pecado original rechaza la escenografía del naipe regalado,
o el árbol se ahorcó en el milenario correaje del corcel,
es rechazar la enemistad del otro cuerpo que deposita los huevos
debajo de la piedra con inscripciones arponadas por la cíclica estación.
Al helado silbo que en el ramaje se retorna,
responde la ceremoniosa sorpresa de las copas
acrecidas por el aliento hasta aumentar el origen sustitutivo.
La muerte confundida apuntala los bastos de su presuntuosa
y temblona monarquía, cuando no traspasamos hacia otro cuerpo,
que ofrece las escasas nuevas sediciones, los escandalosos
cortejos de los que marchan no de la ballena al despertar arbóreo,
sino amarrados a las aterradoras metamorfosis del jabato,
no rompen el círculo de la danza.
Burlado al son del reconocimiento al llevarse la luz
penetrando en su cuerpo. Aquí la luz se divierte
al hundirse en el cóncavo en donde el cántaro
vacío el moviente influjo del infierno lunar.
Los lánguidos corpúsculos del éxtasis apoyados
en la corva, sombría cornamenta del remolino,
rasgando en plumas lo que bostezó en tironeados espejos.
Las astillas de los tiernos salmones almendrados,
raspan por el timbre de los curvados brazos
los lastimeros habladores licuando los adriáticos velámenes
adustos. Y las enanas palmeras eruditas buscan el curvado huso
para hundirlo en el madreporario hociquillo voluptuoso.
Al par que avanza el dañado cuerpo, las caudales
remeras engendran las dinastías perdidas, los dilapidados consejeros
Los enredos del múrice cortejan la mirada que busca
en el talón de susurradas sirtes vencedor,
donde el cuerpo traza su voltereta en el teorema
de la sombra del dátil: con dóricas uñas acaricia
la escollera, el mercader furiosamente dobla en su flauta.
El cuerpo sueña su posible surgimiento del algoso
lecho, que lo mantiene degollado adormecido.
El sueño en el cuerpo era una espina de agua que lo ocupa,
tocado en un punto se adormece en la extensión de la flauta.
Mientras avanza en aquel mar con troyanos borrosos hipocampos,
discutiendo en los ondulantes campamentos si el que conjura
o el que levanta el canto puede favorecer el soplo oblicuo
de la ronda, curvándose venturosamente al situar la raíz del cabello
en la dócil planta del pie, tocando en los grabados
dejados por los nidos que presagiaban la extensión de sus pisadas.
El despertar del cuerpo en las exclamaciones orilleras,
redoblando en el petrificado aullido de muerte 
de la hoguera, extiende en las blancas pestañas arenosas, 
la respuesta tejida de números y de brazos,
siguiendo las tergiversaciones astutas del fuego contra el viento.
Recorría su cuerpo en la conversación con los salmones
y ahora lo comprueba al soplar la alabanza,
que recorre las estalactitas del fuego para el éxtasis.
¿Y si el cuerpo como un bulto se perdiese en el orgullo
reposado de su devenir? ¿Y si sólo oyese
sus lamentos al perderse en la cabaña musgosa,
de baritonales tablones, laberintos de dorados hurones milenarios?
La luz que lo recorrerá preguntándole,
lo hace oscurecerse para el ejercicio de despertar
en las ruedas de la luz comunicada, tenazmente indivisa.
La tosca penetración del hocico salmonete,
la flauta que entre las algas maldice la cabellera centellante
y el puñetazo caído en el susurro de las escamas que querían rozamos,
cose la bolsa de nuestro cuerpo en la cuerda de la eternidad al hastío,
el hastío por el que las cosas se bruñen en su tiempo de reconocimiento.
La monodia de mosaicos otomanos, por la que el hastío de la criatura
pasa ululante y lastimero en su cínife de abullonada ceniza aguada,
cubren el cuerpo indistinto, ciego entre la aguja y la espina,
que toca un coral para perderse en el susurro,
que pregunta por el arroz para sentir el ciempiés,
dédalo absorto por el tenaz laberinto de sus espaldas.
Su cuerpo no se abandona al caricioso vaho,
que entre las algas regala voluptuosamente la vaca marina,
prolongando el temblor de su hociquillo bramando de celo;
ni desaparece en el acordeón de las brumas al hundirse
en el reflejo del cantabile que entona su esplendor.
Su cuerpo ahora no se redondea en los invisibles cántaros
de las nubes, sino se transparenta en la luz melodiosa,
y la contemplación como un absorto en torno al órgano,
donde la naturaleza gozosa está reemplazada por las prodigiosas
llaves, rompiendo la otra bolsa placentaria
que lo haría subordinado quejoso,
lastimero fragmento huido a la flauta.
El hilado se extiende como las preguntas del tapiz,
cuando aprovecha las aplacadas estrellas en las mamas
del porquerizo, rendido el plenilunio donde no puede penetrar.
Estalla sus estrellas en el polvo reptil el cerdo
gruñón tardío rechazado al manto del ceremonial.
La vara del porquerizo no prohíja escamas ojosas,
serpientes caducas, ni se entierra en las arenas
como el falo charlatán que se anuncia en las puertas,
o cae como las cadenas que rodean la ciudad de las puertas
bajas, rastrillando las espaldas de los tejedores ebrios.
la baba de la cabra saludando en las colinas
dialoga con las contraídas carcajadas del falo subterráneo,
su miel redondea las brumas absortas sin redondel,
su saliva rima con la eternidad del pedernal.
frotándose entre el cántaro y la pecadora caída de las aguas.
El saltimbanqui que toca con un dedo el falo alcanzado
por el tamaño de todo su cuerpo, pequeña sombra corporal
a los pies de la columna conmemorativa del implacable
círculo, volviendo a la matria lunar y el ocio de Lysis.
La cabra endulza el oblicuo frío creador
de la luna androginal, rasgando la circunscisión la impropiedad
de los términos necesarios con que el árbol se ata a su comienzo.
Antes de entrar la comitiva del estío en la ciudad,
humedecidas las pizarras por la resurrección de las aguas,
los tejedores han enredado su indolencia en las torrecillas de las flautas,
saltando de los adormecidos sacerdotes el falo piróforo.
Es una luz la que proviene, es una luz la que restalla
la transparencia maternal desprendiendo a la paloma.
En el fugato del cuerpo boquerón de deseos,
cuando la corriente bruñe cada uno de los poros oscilantes,
cerrándole la espesura riesgosa del párpado,
la cabra, calva nieve preguntante a su aguijón,
sabrosa sabiduría pues tendrá que retirarse en el desmayo,
cuando el torete amurallado en su bastón quemadura,
suelta la fosfórica lombriz a su gruñido,
acorralada en el tatuaje boquilindo balbuceando.
Deslenguada tensión antes de penetrar en el húmedo cucurucho,
se repliega al recibir el lanzazo que lo enzeta abullonado,
permisado para hablar bobalicón limoso diosecillo,
mordisqueada por los bordes la despreciada torre sonambúlica,
suelta su agua de coral albino nadando por hormigas
hambrientas, galerías del mazapán, nudillos del peine, asordinado,
y al final el toro lame el centro de la sombra en el bastión.
Viene la barquilla hasta la raya milenaria de gasterópodos y casaquines,
toldo con frutas del Giorgione,
agudizando la soplada pareja de faisanes,
el mismo aliento iguala la diversidad de sus juradas testas,
cuando la Dama de los Helechos y el Príncipe Insecto,
borrando con placentaria agua legañosa,
despiertan sus caricias platerescas en el pan de la masa
y la energía. El aguijón del insecto 'hundiéndose en los estambres,
conjugando al vegetal con los nudillos áureos del ciervo volador.
Es el aguijón del porquerizo, hincando las aplastadas estrellas
del porcino roncoso en bombardas fiorituras tragicómicas,
cubriendo como grasosa manta las hogueras de los ríspidos
escalones de la áspera lavanda. Sucio, futuro reconocimiento
de las empotradas ondas del neurótico perfume sobreaviso.
Los masajistas de improvisadas tersuras en el Ganges,
bruñen como pedernales de rotación etrusca,
el falo luciérnaga en el pelo lacio de la monodia paranirvana.
El lingam con su mascarón ornado de cuchillas japonesas,
penetra en las campanillas de la vagina pluviosa;
las espinas del esturión atraviesan el indiviso tegumento
y los gatos faraónicos chillan en las hipóstilas vaginales.
La humoresca extensión porcina busca cubrir con sus estelares
tetillas las fibrinas donde asoman sus pestañas las arenas
placentarias y Tetis, matrona de adolescentes semidioses;
allí la mandrágora ojizarca dilata el cristal de cada grano,
y la tierra despereza, decapita el tentáculo del ciego,
la gomosa respiración subterránea une el velamen de la semilla
con el perro tironeado por la raicilla y la dilatación por el tridente
del toro conversador y enmascarado por tirsos y gimnásticas jabalinas.
Después de haber quemado las anémonas del río, el falo carcajada
vacila al penetrar en la ciudad reducida a muñeco gigantoma,
o a vagar como luciferino insecto desprendido del hacecillo,
donde la prolongada cabellera navega por el arenal fosfórico,
allí se recuesta un dios hastiado de la inútil conversación
de Júpiter pluvioso y Juno reidora de los amargos desterrados,
mientras la calva nieve de la cabra se dora en luz derivada
y tauro muge corpulenta extensión para el secuestro,
la balandronada del falo bosteza la expansión de la vid,
al penetrar en la sala hiperbórea para las ondas de Anfión,
cuando la raíz ovillada con la mandrágora hiela
el bastón con sierpes congeladas y centellitas del Júpiter cosechero.
Despréndense de nuestro cuerpo las evaporaciones que tiran del manteo,
que sacan el pico unitivo de las mantas y las nubes,
y recogen el entrante de la arcilla cuando curvaba sus brazos
para ser remontada por el aliento musgoso en su boca
elaborada por el frontis musical de las aguas.
La penetración de las letras terrenales, 
prolongándose en el origen maternal de las aguas,
procuran el esbelto cuerpo no tocado, hundido en su derivación,
pues todo cuerpo se trueca en alcancía abierta en los dentros
por los hurones, como los hurones resguardan los fortines sureños.
De pronto las evaporaciones se condensan y el demonio
traza sus capirotas en el cuarzo, llagada boca recompuesta,
cada bastión roto quiere llegar a las murmuraciones de su agonía.
El fantoche, sonoro calabacín con sus ojillos, remonta al empíreo,
la levitación anemónica se alza sobre la infernal gravedad;
el desprendimiento, impurificado carnal con el instante,
adquiere e! conversacional del pájaro con la brisa entrañada,
la hiedra interpreta el bailable del carnal sombroso a su higuera,
y el tejado minúsculo chorrea sobre el verboso absoluto esferoidal.
Si tengo que poseer la oreja de la liebre para la vergüenza del instante
y a veces dormimos mientras nuestra aventura se estremece,
la embriaguez y su irregular condensación de las nubes,
gimen el rendimiento temporal de la invasión musicada,
el tropel de las ondas intenta apoderarse de la nariz
en la gruta rota por el grotesco amanecer de un dios.
La flauta en su entrecruzamiento de fibrosa hoguera resistente
y oscura levedad en las satánicas rupturas temporales,
va creciendo su marea para su sargazo indiferente
-cariacontecido cocuyo áspero por los pliegues de la carpa-,
así comienza a reclamar el crujimiento de las nocturnas cantidades,
de aquella masa agujereada por los ojos del quebrantahuesos.
Alcanza la embriaguez la extensión sumergida somnolienta,
la templada división a su interrogación en proporciones cabeceantes,
cuando la cola de sirena en la mitad de su nocturna
se encuentra con la tachonada espalda en Casiopea.
El sueño gusta de quitarse la capa con un ancla,
de dejar la conchilla en el mismo escalón de la marea,
de rodear con las mecidas hojas musicales,
las testas ladeadas por sumergidos sombreros de cuarzo,
cuando la música se obstina en ocupar la misma extensión
somnífera, mientras las repetidas figuras decapitadas
se alejan de sus soportes de acantos y cabañas,
donde el pastor sopla reproduciendo las cambiantes sirtes de la brisa.
La rechazada ocupación de la música
despierta el conocimiento lejanía, la llave en el signo de nuestras manos
coincide con la puerta voluptuosa abriéndose soplada hacia afuera.
Nido de bambú donde se escama el esturión olvidado.
La mano apoyada en la repisa coincide con el lomo
del monstruo recordado, un fruncimiento en las arenas
y allí queda un ojo marino de claveteado párpado.
Las manos acarician las arenas y con un derivado desdén
cierran la visión marina en la arena quemada por el vino.
La embriaguez oscura de trenzadas botas obturantes,
donde el ensueño fragmentó los corales orilleros
y los exquisitos números corporales rompieron sus claves de apoyatura
ante las seducidas progresiones de la música,
se anegaron en la energía de su propio orgullo sin océano final.
Entonces la teja comenzó a desatar los furiosos lamparones carnales,
cada buey hinchado era grabadas iniciales en las aspas del molino.
El hombre tropezaba con el guerrero caracol de las esencias.
Aquí la embriaguez era evidente como la lanza cuando comprueba
el vino yagua justos.
La revelación levemente incendiaba las angostas proporciones
y el cuerpo alzaba su transparencia sin leer en el tapiz como los ángeles.
Diversamente concentrada hoguera
unía la diamantina embriaguez de la criatura revelada
con el conocimiento del libro, rotos los sellos,
donde cada cuerpo que nos ciñe forma el remolino medusario
del unificado dios mutilado por la lejanía.


Hundido, don armado, sin regreso, 
el aire agrietado por el alfiler lluvioso;
de pronto, el acordeón decidió la enormidad
de un hechizo. Recorríamos las esquinas
para lucir la sombrilla, la amistosa tregua
y obligar a la proclamación de la docilidad de la lluvia.
Recorríamos, pero una bocanada nos hundió
en la sombra que pulsa el ordenamiento del acordeón.
A pesar de la estruendosa separación levantada por el sonido,
recordamos que allí no había los pasteles
de donde veníamos, ni la guayaba caliente
tenía el mismo aroma que nos penetraba
al arribar la mañana al descubrimiento del canario.
La lluvia se aglomeraba, rompiendo sus caras momentáneas,
y luego el acordeón paseaba los sorbetes de piña,
regalando pañuelos en escalerillas chillonas.
El pregón del azar era estirado por el sonido.
Como ladrillos de los hornos babilónicos, cada cuadrado
formado como una pechuga de faisán para lo temporal.
Un rótulo agrandado separaba el otro salón
de los oleajes bailados por la murga de níquel
voluptuoso. Cada mosca a su espuma conceptuosa.
Enviábamos el murciélago pinareño que se parece
a Don Juan de Austria; los mugidos del búfalo
tibetano que le regalan un escalofrío escarlata,
con pliegues de acordeón; el jardín chino
introduciéndose en la casa de la playa del comisionista
vienés, que, en la medianoche, logra encender
un Rey del mundo, con un fósforo mojado.
Los perros daneses de las pesadillas,
en el rótulo indeciso, pero de llamas,
que separaba el salón del acordeón y la esteparia
barbería vacía, donde estaba la pequeña
broma de Alaska, la provocación silenciosa
que enviaba la muerte afianzada detrás de la música,
el tiempo sin la mordida del compás de nuestra suspensión.

El agua era una afable señora, una esperada también.
Hablábamos del saber hecho instinto como en el canario,
y como así se puede sentir la estrella
del misterio del parimiento y cuando nos despedimos
despidiéndonos del pañuelo.
En el otro salón, el cuaderno donde se establecía
el timbre de cada fruta fría; los sorbetes 
donde hundíamos nuestros brazos como en una manga
que no es la nuestra, pero al final acariciamos
la cabeza del gato que se retira, espantosamente cortés.
Llovía, acercamos más las banquetas hacia el centro de la mesa,
donde nuestros pelillos eran leídos como la flor de la escarcha.
Pero estábamos los tres aún en el primer salón,
la vitrola desenfundaba un boogie lento como el colorete
de la ceniza, y la cintura ladraba 
en la persecución de sus resinas indostánicas. 
Cuando el danzón encendió las lámparas, 
la contadora aulló levemente, como un perro al despertar,
y el hombre de párpados lacrados y goteantes, 
encendió un tabaco, desprendiendo avispas azules.
El niño virgen que se acercó con los palillos de la suerte,
acarició, sin tocar la, la sombrilla, trompo de la señora retenida.
El salón vacío movilizó sus cristales,
para apoderarse del aliento, no del infortunado signo,
pero todavía la palabra era de Dios y reía.
El niño virgen que se acercó con los palillos de la suerte,
que no querían tocarlos, y empezó a bailar con el perro.
El danzónn curvaba sus capas arenosas
y lanzaba líneas como delfines llorosos.
Sabíamos que los pasos de la danza del niño
no transcurrían dentro del círculo,
pero sus labios resbalaban por el interior de la oreja del perro.
El perro descansaba recorriendo los dos círculos.
El billetero no regresa incomprensiblemente al Salón Alaska,
la música le lanzaba el reto gimiente,
pero adormecido esperaba el regreso del can,
misterioso como una constelación en las pascuas.
Pero nosotros sabemos que existen los dos salones.
Uno, para la música que se retira
y los paseos del perro con la oreja doblada.
En el otro las brusquedades del acordeón,
detienen la marcha de los ojos alrededor de las pestañas de la sombrilla.
La guayaba no existente cooperó a la langueur de las bujías de la contradanza,
entonces surgieron los pasteles pelirrojos y su aroma de violín.
Sin ninguna alteración, como quien acaricia la yerba,
conversamos acerca del Espíritu Santo del faisán,
que sólo se baña en los ríos paradisíacos cuando está en pareja;
del pisapapeles bovinal que busca la humedad del pozo
que no habla; de la sombra agujereada
por el girasol, vencedor de los aforismos de la calavera.
Teníamos también que hablar del indescifrable sueño de la gaviota.
Uno de los acordeonistas salió a comprobar
si ya había gelatinosamente escampado.
Su camisa lucía los signos de quien fue elaborado
para domar potros, pero tiene que deslizarse en el acordeón.
Comprobamos que cada mesa tenía un resorte
para llegar al techo, como la máscara
en una caja llena de etiquetas viajeras.
Mientras la lluvia contaba sus cabellos
y la sombrilla como un marisco buscaba la resaca lunar,
mirábamos el salón vacío, donde un polvo de cenefas
rodaba con las mortecinas tazas en un fregadero
hablador, que sumerge las interjecciones en la boca del diablo.
El humo desprendido por el acordeón
se espesaba como una muralla saltada por el perro
de la oreja doblada, por el jovial billetero de las cejas
de maíz, que parecía pulsar una voluminosa 
viola en un tapiz medieval.


El lince inmóvil mostraba en su bigote dos carbunclos,
desconocía la distinción de sus amuletos,
pero el infierno diseñaba la pausa banal
detrás del otro salón, raspado por el perro.
El infierno es eso; las dos máquinas que se seguían,
intercambiando los faroles con la espina de los gatos.
El champán pinchado en la paila de la nuca, 
que resguarda la puntada en la hornilla del desayuno.
El infierno es eso: los fragmentos del pescado,
con su coronilla de camarones; sílabas del bulbo
de la médula de la palma gelée; el espárrago
de la comedia de arte, métrica cremosa de flautines. :
El perro del billetero se pasea por los dos salones.
En el Salón Alaska, con una toalla enrollada
en el brazo izquierdo, para taparse de las estocadas
de los hilos. Se afeitará en el baño tibio. 
Pero no, ya está frente al espejo y mientras
pasea por sus mejillas, el perro lo descifra
desde el primer salón. El infierno es eso: 
los guantes, los epigramas, las espinas milenarias, 
los bulbos de un oleaje que se retira,
las dos máquinas que se seguían, el Orfeo de Pergolessi,
los mozos recogiendo las migas ingeniosas en su fuga,
la puerta que se cierra como un tutti orquestal en el vacío, 
mientras el japonés en smoking se inclina, ;
para recoger el clavel  frappé, en el bostezo 
de la cuarta dinastía de sus sandalias charoladas.

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