La reina de los muros | sèrieAlfa núm. 108

Imatge: Christian Dotremont
Christian
Dotremont | La reina de los muros
I
¿Eso va mejor? — Eso, es un
cementerio florido, es una flor de cementerio, — es ella — y yo la quiero a
chorros, — como una chaqueta quiere de noche la
silla — y yo no tengo ojal. — Pero bueno, ¿en
sólo tres años? — En efecto: tres años y nada más — que un beso que llevo —
como la insignia de un partido disuelto. — Es una capa de polvo — sobre una
capa de polvo, — sobre labios que cierra el polvo — y que abro para leer
glotonamente —el polvo. — Casi no es humo. —
No es corto como la sombra del sol de las doce. — Casi
no es ceniza, — donde aquello que era habita lo que es. — Eso no es una
bonita cabeza de jíbaro — que podría gustarme hasta
el punto de ponérmela, — después de tres años de guillotina. — Eso es
pues el polvo de un beso — entre labios de polvo. — ¿Conjugáis siempre
yo-soy-polvo-y-seré-polvo? — Yo ya no conjugo ni yo ni ser.
II
No me pidáis su fotomatón. —Ella cabalgaba —sobre el sí, el no y el no lo sé — jockey
del viento. — Los brazos como flechas, — los labios gruesos — y las piernas también, — el corazón en los ojos, — un
alfiler sin cabeza, — ojos para no ver — que miramos para ver — y no la ves, —
a la reina de los muros, — un guijarro de satén. — Era una flor de cementerio,
— es un cementerio florido. — Los helechos de una pequeña decisión calmada — me
dieron de beber. Los helechos de una pequeña decisión calmada — me dieron de
comer. — Escuchad relinchar los caballos sin cebada — de un deseo que
encontraría el final del final del mar. — ¿Sus cabellos? — Cabellos de marea de
conchas — ante el mar de arena, — cabellos largos, —
lo bello en falda corta — a su lado con las manos cerradas. — Yo la
llamaba Gordienne. — Ella tenía la misma voz que las imprentas — los días de
algaradas. — Yo la escuchaba moverse — como una moneda que se lanza — a cara o
cruz — y que se engancha al inmóvil pájaro que pasa. — Ella tenía sin duda mal
de muelas, — que no eran otras que las mías, — pero sus mejillas eren juguetonas. —
Pero he dejado de creer en anatomías. — Y en autopsias, — porque voy de una
pieza a la muerte.
III
Y…
— Yo, yo tenía un raglan gris y grande, — el alma lavada de todos los
escrúpulos y sucia como — un escrúpulo, — la frente lisa, — las piernas decididas, — pero todos los días un eco sordo —
me lanzaba un lazo alrededor del cuello; — hoy, mirad esta pila de cuerdas, es
mi cuello. — Cada espejo donde me he mirado— tiene un poco de mi corazón
sublevado. — Lloro como una cebolla. — ¿Lleno de esperanza? — Yo era un zoquete gordo lleno de esperanza; — hoy los pesacartas riéndose dicen que soy poca cosa. — ¿Otro
agujero? — Un agujero que cosquillea — la margarita de ese beso, — de ese beso
que cuando él estaba allí— no tenía nombre.
IV
Yo quien debo hacerle preguntas, —
ante tantas respuestas, — ¿sólo puedo decirle «por favor»? — Eso es, — le
felicito: hable un poco más, — tengo la lengua
demasiado seca, — demasiado cargada de una saliva de ciudades
bombardeadas. — Por favor, — era tuerto, era como si él, — horizonte, — patín
bonito de ruedas cuadradas, — pluma en el mango. — Cuanto fue es grácil, — pero
la realidad es de espinas de liga, — y el cielo, — leche, miel, pan, vino, poso,
— es de píldoras pálidas. — Me gustaban también los grisúes, — las peleas de
calle, — las caras rotas, —las cuatro patas arriba, — el pan bien cocido, — me
gustaban los demasiado. — Yo me decía: — «Nada es bello sino lo demasiado, lo
demasiado solo es amable» — y yo galopaba. — Estuve demasiado sin, — demasiado
con, — yo demasiaba. — Era negro y azul,
— este jaleo de dios que lleva en cada dedo de cada mano mil vasos de alcohol
puro. — ¿Y después qué? — He visto detrás lo alto, lo ancho y lo grande — lo
bajo, lo pequeño y lo delgado agitar los hilos. — No hay nada demasiado
verdadero — si no es a dos tiempos.
V
¿Y después? — La puerta se reabrió
— donde yo vivía, — se añadió un barrote a la escalera de morir. — Bebí. —
Comí. — Buitres de tiempo y de agosto — giraron — a algunos centímetros de mí.
— Entre el primero y el dos del mes pensaba en el año, — y había un primer y un
segundo año. — Ella, — sólo veo una palabra, —estaba ocupada, — el aspecto
saltarín, — vestida de cháchara. — Todo no eran más que comillas, — el recuerdo
no sacaba nada del pozo, — solo los saltitos del agua, — solo los centelleos de
una estrella, — la sombra un poco febril todavía, — bordeada de un poco de
fuego, — del antiguo sueño vivo — donde la alegría no había contado — ni los
puntos ni las caídas. — Nada caía, — ni se levantaba. — Como si hiciese falta
que hubiese — entre el presente y la herida — un paso de baile torpe — para
hacer balance lentamente. — Sólo hay vida verdadera a un tiempo.
VI
Salga de esta entrecámara y hable
de la una, — usted, Laotra. — Con mucho gusto. — Será la idea de una flor en un
cementerio por cierto ya florido. — Yo la invento y inventar-la es volver a ver
a ciegas con un resplandor deslumbrante — lo poquito de invisible que queda, —
el gaznate ardiente como una etapa. — La memoria tiene mil y un medios de
equivocarse — para no perder ni una sola puntada — y para que el tejido
continúe arrugándose, — estirándose. — Recuerdo un milímetro de grano que ella
tenía en la nariz — un día, — y que hizo que ella me dijese hasta más ver; — y
cada uno de sus hasta más ver — era un adiós; — hay siempre un milímetro
estúpido de desmesura — en el rostro, — ya sea blanco, negro o dorado — del
mundo, — ensalada sin corazón. — Me acuerdo — atravesando mil y un me-acuerdo
usados como los periódicos del día anterior — en tiempos de alborotos, — de su
mano que era como un muñón, — de sus cabellos como un guante para la cabeza, —
y del sol cuando nos despertamos en el campo por la mañana, — y del atardecer
en que me dijo algo, — y no sé que más, — y del atardecer en que ella no pudo
decir nada, — y yo podría decirlo, — y del atardecer en que ella no dijo nada,
— y de todo el campo.
VII
Dudo
que esto sea lenguaje, — es ella, una — sobre ella, la segunda, — delante de
mí, la otra; — es como un rostro de tres miradas que bizquean — hacia los
rincones — donde el solo vacío — lleva las orejas de burro. — Decid, hablad un
poco más, estoy cansado. — Él habla, Laotra, — él habla así, — pero a veces
miente, — y se ríe, de toda la eternidad. — Él considera la vida como un
cañamazo — pintado de tres colores — uno de los cuales es el mismo que los
otros dos. A veces piafa sobre la cuerda floja que quiere — como una enfermera
fea, — la muerte entonces ligera y tibia — como un insecto en la oreja, — mueve
las máscaras y las marcas, — hace alusión e ilusión, — se dice: El tabaco es
malo, pero el fuego es bueno. — Él distingue, así, — se divide y se multiplica.
— La vida tiene costuras.
[La reina de los
muros, Paris, 1942. Este texto, censurado bajo la ocupación
nazi, fue editado más tarde en un cuaderno de 16 páginas, 56,5 x 38 cm, con una
serie de 7 litografías y encuadernado por Pierre Alechinsky, París, Galerie de
France editor, 1960. (Christian
Dotremont, Les grandes choses, Anthologie poétique 1940-1979. Edición de
Michel Sicard. Epílogo d’Yves Bonnefoy. Gallimard, 2025)]
Christian Dotremont (1922–1979) es una figura importante de la
poesía y de la pintura vanguardista de la postguerra. Nacido en Tervuren,
Bélgica, fue cofundador en 1948 del movimiento CoBrA, que reunió artistas del
norte de Europa alrededor de un proceso creativo libre y espontáneo. A partir
de los años sesenta, profundamente impresionado por su estancia en Laponia,
inventa los logogramas, donde la escritura deviene gesto pictórico, a medio
camino entre texto y dibujo. Su obra, que mezcla poesía y pintura, ocupa un
lugar singular en el arte del siglo XX. Entre sus obras cabría destacar: Ancienne
éternité (1940), La chevelure des choses (1949) La pierre et
l’oreiller (1955) y Moi qui j’avais (1977).
[Traducción: Joan Navarro]
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